Los últimos años
Los últimos años de Chico da Silva (1970–1985): enfermedad y hospitales en Fortaleza, la pintura tardía, la Escuela de Pirambu y su muerte en 1985.
En noviembre de 1970, O Estado de S. Paulo anunció treinta y cinco telas en la galería Portal, en la avenida Paulista, y describió al hombre que llegaba con ellas: traje de lino blanco, una hilera superior de dientes de oro, un analfabeto que hablaba en parábolas y llamaba a un abogado “un hombre de la pluma” (5 de noviembre de 1970). Cuatro años después de la mención de honor en la Bienal de Venecia de 1966, Chico da Silva todavía llenaba una galería en São Paulo, y el perfil situaba su pintura donde siempre había estado: en las leyendas de la infancia, sus bestias y sus monstruos. Le quedaban quince años; la prensa registró casi todas las estaciones.

Los años de la firma
En el cambio de década, la mano detrás de la firma muchas veces no era la suya: la economía de taller de la fábrica de cuadros mantenía surtidos a los marchantes con los jóvenes pintores de la Escuela de Pirambu. Cuando O Povo lo encontró dibujando de nuevo, en junio de 1976, el diario afirmó que había abandonado la pintura en 1970 y que apenas firmaba obras por unas monedas (O Povo, 21 de junio de 1976). Su hijo contó al mismo diario que el último cuadro del padre, el busto de una mujer, era de 1974 (13 de mayo de 1976). Dalva, su primera mujer, murió hacia 1974; en una entrevista de 1976 citada por Roberto Galvão, el pintor fechaba su ruina en la muerte de ella.
1976: el año de los hospitales
Entró en la enfermería de la Escuela de Aprendices Marineros, en Fortaleza, el 4 de mayo de 1976, con cirrosis hepática (O Estado de S. Paulo, 14 de mayo de 1976). O Povo abrió el caso bajo el titular “Chico da Silva está na miséria”, citando al fraile Antônio Memória: el pintor moría de necesidad (13 de mayo de 1976). El 1 de junio, el reportero Edmar Morel publicó “A Máfia destruiu Chico da Silva” en el mismo diario, el relato de un taller sin pinceles ni pintura. A mediados de junio estaba inconsciente en cuidados intensivos en el Hospital das Clínicas (O Estado de S. Paulo, 20 de junio de 1976). El 21 de junio, el diario lo fotografió con la ropa blanca de internado, la mano temblorosa, dibujando monstruos marinos sobre cartulina: su primera pintura, decía, en seis años. En septiembre llegaron el delirio, el traslado a la clínica Antônio de Pádua y un diagnóstico de psicosis alcohólica, una secuencia que Roberto Galvão reconstruye en el catálogo Do delírio ao dilúvio.

Vendiendo salud
Salió de la clínica en agosto de 1977, al cuidado de Agostinho Ramirez y Francisca Margarida, y fue a Brasilia, donde vendió veinte de los cuarenta cuadros que llevó (O Povo, 31 de agosto de 1977). “Estou vendendo saúde”, estoy vendiendo salud, decía el titular, sobre su promesa de no volver nunca a Pirambu. El regreso fue desigual. En marzo de 1978 inauguró su primera exposición individual en São Paulo en cinco años (O Estado de S. Paulo, 14 de marzo de 1978); en abril, veintiocho de aquellas telas desaparecieron con la dueña de la galería y él acudió a la policía (O Povo, 3 de abril de 1978). En agosto, el alcalde de Fortaleza le devolvió, reconstruida, la casa-taller de Pirambu que la ciudad le había donado en 1974, y preparaba doce telas para la primera Bienal Latinoamericana (O Povo, 13 de agosto de 1978). Galvão añade la Medalla Anchieta, de la Cámara Municipal de São Paulo, y tres exposiciones en 1979 a precios que califica de envilecidos. En 1980, el pintor llevó a los falsificadores ante la Justicia: el juez nombró peritos a Henrique Barroso y Roberto Galvão, el proceso se estancó, y Chico pasó a autenticar sus telas en una notaría (Galvão, Chico da Silva e a Escola do Pirambu). Ese mismo año, Jean-Pierre Chabloz, el descubridor de 1943, atacó el primitivismo brasileño en la prensa de Río; la respuesta de Fortaleza (O Estado de S. Paulo, 9 de noviembre de 1980) contaba a las espaldas del pintor más de quince meses de internación psiquiátrica y tres extremaunciones.
La mano izquierda
Una trombosis en febrero de 1981 lo mantuvo en cama más de ocho meses y le paralizó el lado derecho. Era zurdo y siguió pintando (Galvão, Do delírio ao dilúvio). Por intermedio de Luíza Távora, entonces primera dama de Ceará, consiguió una tienda-taller en el aeropuerto Pinto Martins; en junio de 1983 llegó, por ley, una pensión estatal de dos salarios mínimos. Aquel octubre, O Povo describió a un hombre de habla vacilante que no se detenía, y citó a su médico: era el arte lo que lo mantenía vivo (13 de octubre de 1983). Convaleciente, se decía alguien salido de “um prolongado dilúvio”, un prolongado diluvio; Galvão tomó la palabra para el título de su catálogo de la producción de 1977–1982, ahora acrílica sobre tela en lugar del gouache de las décadas de Chabloz, el repertorio intacto: gallos de pelea, dragones, peces. La Colección João Cunha conserva pinturas de este último período, entre ellas la Riña de gallos de 1983 reproducida aquí.

El 28 de marzo de 1984, el gobernador Gonzaga Mota llevó la Medalha da Abolição, la mayor condecoración de Ceará, a la habitación del enfermo en la avenida Heráclito Graça (O Povo, 28 de marzo de 1984; O Estado de S. Paulo, 29 de marzo de 1984). La casa prometida en aquella ocasión llegó a comienzos de 1985, tras un impasse burocrático que O Povo detalló en octubre de 1984.
6 de diciembre de 1985
Chico da Silva murió a las 3:20 de la madrugada del 6 de diciembre de 1985, en la Policlínica de Fortaleza. El obituario de O Povo transcribió la ficha de ingreso: entrada el 2 de diciembre, enfisema pulmonar crónico, luego un derrame cerebral (7 de diciembre de 1985). Los obituarios le dieron 75 años; su nacimiento nunca tuvo fecha firme (las estimaciones van de alrededor de 1910 a 1922). El cuerpo fue velado en la Casa de Cultura Raimundo Cela y enterrado esa misma tarde en el cementerio Parque da Paz, en una fosa pagada por el Estado, cuatro coronas sobre el ataúd; la portada resumió la escasa concurrencia en la palabra del gobernador: ingratitud. El mismo texto de agencia salió en O Estado de S. Paulo y en el Jornal do Dia de Cuiabá, bajo el titular “Morreu um dos maiores primitivistas do Brasil”. Junto al obituario, el diario imprimió frases del pintor compiladas por Roberto Galvão, una de ellas un pronóstico: “Enquanto for vivo, tenho valor e se morrer terei valor dobrado”, vivo tengo valor, muerto lo tendré doblado.

Estrigas, que cerró su biografía de 1988 con el funeral, anota que descubridor y descubierto acabaron a pocos pasos uno del otro: Chabloz, muerto en Fortaleza en junio de 1984, yace en el mismo cementerio. Lo que vino después, el lento regreso de la obra a los museos y a las historias del arte popular brasileño y del arte naíf, es el asunto de Legado y redescubrimiento. El camino que condujo hasta aquí, del Alto Tejo a los muros de la Praia Formosa, se cuenta en la biografía del pintor.
